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El Regalo

Venezuela | Septiembre 2016

Compartimos este artículo del Hospital San Juan de Dios de Caracas; que como siempre, nos narra experiencias y vivencias de niños y grandes, quienes comparten más de una historia, entre los pasillos de nuestra bella obra hospitalaria.

El Regalo

Por Asunción Cabezas - Caracas

Hay días en que sin ninguna razón aparente, te sientes la persona más feliz del mundo.

Saltas de la cama y te metes debajo de la ducha sin hacer ningún estudio profundo sobre la temperatura del agua. Cierras los ojos... y ya, te metes debajo del chorro, y cuando sientes que el agua helada te cae por la espalda, prácticamente no sientes el frío, porque ese día, particularmente nada ni nadie te va a robar la felicidad. Dicen que el estado emocional que llevamos por dentro es como un imán que lanzamos al universo y que se nos devuelve con sucesos concretos y reales cargados de optimismo. De allí la expresión: Mente positiva para lograr efectos positivos.
 
Cuando abrí la puerta de mi oficina ese día, parece como si el universo hubiera dicho: ¡Por fin llegaste! Y entonces, como si hubiera un imán dentro de ella, empezaron a entrar niños ansiosos de juegos y de palabras de cariño.

Me acordé que tenía una cajita repleta de pega de diferentes colores. Cada pega está en un pequeño tubo de plástico que permite ver, gracias a su transparencia, la maravilla de su color. Cuando sale la goma del tubo y empieza a jugar sobre el papel, miles de estrellitas brillan inventando historias.

Y este fue mi gran imán para tentar a los niños a competir en la “gran carrera de las estrellas”, el tema que inventé para que cada niño hiciera su mejor dibujo donde el premio, por supuesto, era la varita mágica de color. Había en total 4 niños. Y todos querían participar.
 
Luis. Un varoncito, como de unos 11 años, con una mirada muy profunda y unas inmensas ganas de hacer amigos.

El niño se sentó delante de mí y como si tuviera unas inmensas ganas de gritarle al mundo su verdad, empezó a contarme su vida; sin prácticamente respirar para hacer una pausa. Era como si de un momento a otro, alguien lo iba a llamar, pero no podía permitirse el lujo de irse de mi lado, sin confesar lo que tenía por dentro.

¡Mire señora! Menos mal que mi mamá se volvió a casar. Imagínese, cuando mi papá se fue de la casa, pobrecita ella estaba tan nerviosa, que le daban ataques de rabia y empezaba a pegarme Mire, mire, por aquí me salió mucha sangre.

Y entonces el niño me mostró su masculina nariz. A mí se me puso la mente en blanco. Supongo que para no sufrir ante aquella confesión. Sólo me limite a preguntarle si su mamá estaba afuera esperándolo. Supongo que tenía la inmensa curiosidad de ver el rostro de aquella “bruja” del cuento. Y el niño sólo movió la cabeza de arriba abajo, afirmándolo. Entonces la vi. Parecía la fiel imagen de la bruja de un cuento de hadas. Sólo que no tenía la verruga en la nariz.

La segunda visitante era una niña: Laura.  

Delgadita, inmaculadamente peinada. Con unos lentes que ocultaban un poco su venezolana  belleza. Con 8 años de inteligencia. Esta niña, supongo que imitando al varón, también me contó su historia, mientras pintaba impecablemente la típica casita de la que sale humo por la chimenea. Esas que te enseñan a pintar en el colegio, y donde en realidad nunca vive nadie.

Y Laura comenzó a hablar, con un poco más de prudencia. Como si temiera decir algo que revelara la intimidad de su vida.  

Yo vivo con mi papá, mi mamá y mi hermano. Antes teníamos una casa chiquitica. Imagínese doctora, todos dormíamos en la misma cama. Pero yo nunca me caí de la cama. Ahora todos estamos felices, porque mi papá guardó real y ahora tenemos una casa con dos habitaciones. En una duermen mi papá y mi mamá, y en la  otra mi hermano y yo. Eso sí, tempranito nos metemos en la casa, porque hay mucho malandro suelto.

Y entonces me hizo una maravillosa invitación:

Si un día quiere venir a mi nueva casa, sólo tiene que subir unas escaleras, y cuando vea la puerta verde, allí es.

Me sentí muy halagada aunque pensé que con esa explicación sería muy difícil encontrar la casa.
 
La tercera  invitada era una niña de escasos tres años. Soraya.

La hermanita de Luis, el varoncito de 11 años que había sufrido por los maltratos de su mamá. Sólo que esta niña había corrido con un poco más de suerte, porque ella era hija de esta nueva relación. Y sin embargo, el niño, su hermano, con una gran nobleza cuidaba cada paso que daba.

Entonces pensé, en lo cruel que puede ser a veces la vida. Que dos hermanos que viven bajo un mismo techo pueden tener pasados y destinos totalmente diferentes. Es la gran responsabilidad que tenemos como  padres. Que nuestros actos y decisiones muy probablemente van a influir en lo que será la vida de ellos.
 
Y el último invitado, era un niño muy penoso.

Casi diría que quería pasar por desapercibido, y en realidad lo logró, ya que por momentos llegué a olvidar que era un competidor que estaba poniendo todo su empeño, para ganarse la varita mágica.

Entonces, cuando todos terminaron, me trajeron hasta mi escritorio sus obras de arte. Pero lo más increíble eran los ojos con los que me miraban, algunos supongo. Con el temor, de no  ganarse ningún premio. Y la vida es eso….premio o castigo. Sin poner mucha atención en las pinturas, les di a todos un premio. Y luego aplaudieron. Por fin el miedo desapareció.

De pronto, todos salieron de mi oficina.


Aunque el cierre del concurso me pareció un poco abrupto, en el fondo de mí, acepté que así es la vida. Que no debemos esperar demasiado. Que los finales no siempre terminan con una cortina de terciopelo rojo que se cierra.

Pero estaba equivocada. Ahora en realidad venía el final. Ese en el que todos se levantan para aplaudir. Los cuatro entraron con un regalo. Un dibujo que pintaron a cuatro manos…o a tres.
 
En ese momento me reconcilie con la vida.