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365 Testimonios de Hospitalidad: William E.A. Ekerum

Orden | Enero 2015

En el marco del Año de las Vocaciones Hospitalarias que inicia hoy en todo el mundo, abrimos esta sección, donde cada día compartiremos un testimonio de nuestra familia Juandediana.

365 Testimonios de Hospitalidad: William E.A. Ekerum

William E.A. Ekerum 
Colaborador - África

El ébola seguramente no es un amigo. Es una tragedia que no podré olvidar nunca y, aunque no desee recordarla, ¡jamás podré olvidarla! Ha cobrado las vidas de mis queridos hermanos y hermanas, así como de mis amigos.

Era el día 20 de julio de 2014. Hice una visita fraterna al Hospital Católico de San José, Monrovia, Liberia, para asistir a misa: supe que el Hno. Patrick Nshamdze estaba enfermo. El Dr. Senga Raphael era su médico y la Hna. Chantal, su enfermera especial, fue muy estricta: "ninguna visita" ponía el letrero que acogía a las personas que acudían a la puerta del dormitorio de la comunidad de los Hermanos. Hablé con el Hermano desde lejos.

Fui ahí nuevamente el 27 de julio, siempre para acudir a misa, pero esta vez le habían trasladado al hospital y le estaban dando un tratamiento contra la malaria: había pasado demasiado tiempo, más de 15 días, pero la malaria no se calmaba. Después, comenzaron las sospechas de que tuviera el "gran" virus del ébola. Desafortunadamente, en aquella época, muchas personas habían tenido contactos bastante directos con él, aunque entonces no había resultado positivo al virus del ébola.

Impulsado por mi instinto carismático juandediano de cuidar de los enfermos, pasé casi todo el día dándole todo el apoyo y la asistencia que necesitaba y que podía darle, usando siempre los guantes como protección. Eran casi las 7.00 de la noche cuando la Hna. Chantal me llamó por teléfono: "Eh, William, hermano mío", me dijo, "dale un baño al Hno. Patrick, ya casi es la hora de las vísperas y me demoraré un poco en llegar". Hice con gusto lo que me había pedido la Hna. Chantal y luego me fui a casa. Unas 73 horas más tarde, supe que el Hno. Patrick había resultado positivo al examen del virus del ébola. Comencé a temblar, puesto que ya no sabía cuál era mi situación, en especial considerando que él falleció menos de 5 días más tarde.

Empaqué un pequeño bolso para ir a la casa de los Hermanos, cosa que me había pedido el Hno. George, con el consentimiento del Padre Miguel, para ayudar a los Hermanos y Hermanas, que también comenzaban a manifestar los signos y síntomas del virus. Me quedé ahí dos noches. Luego, empaqué y volví a mi casa y durante todo el día únicamente los visité a ellos. En aquella atmósfera de tensión, nos hicieron las pruebas a todos tres días después de la muerte del Hno. Patrick, y el Padre Miguel y la Hna. Chantal resultaron positivos. Se organizó lo necesario para trasladar al Padre Miguel a España, mientras que la Hna. Chantal debía ser trasladada al Centro de Tratamiento del Ébola (ETC). Dos días más tarde, otros resultados, el del Hno. George y de otras personas, resultaron positivos. Fue el periodo más aterrador de toda mi vida. Vi morir a la Hna. Chantal esa noche, mientras trasladaban al Hno. George al ETC. Vi la muerte en él y falleció en el centro 48 horas más tarde. Otros colaboradores laicos que también habían resultado positivos fueron trasladados al centro, prácticamente en las mismas condiciones que el Hno. George: tenía el corazón lleno de dolor, porque olía la muerte. No podía dejar de llorar dolorosamente en mi corazón: tantas personas maravillosas morían ante mí. ¿Yo qué podía hacer? Me sentía impotente, ¡pero no podía hacer nada!

Luego, llegó el momento en el que me pusieron en cuarentena. El Ministerio de Salud de Liberia enviaba a un agente a controlarme a diario, me llevaban alimentos a mi habitación, los inquilinos del edificio tuvieron que marcharse durante un tiempo. Los miembros de la comunidad en la que me hospedaba me miraban como si fuera un cadáver andando, etc. Nunca dejé de pensar en la muerte. Las únicas llamadas telefónicas que hice fueron para pedir que rezaran por mí, y las que recibí eran para infundirme ánimos y decir que rezaban por mí. Sinceramente sufrí durante 21 días: no podía ver a nadie y nadie podía visitarme, ¡qué dolor! Gracias a Dios, he salido del paso y ahora me siento en paz con mi espíritu. Muchas gracias a todos por sus oraciones y su apoyo.

El virus del ébola no es un amigo, y no hay que deseárselo ni siquiera a nuestros peores enemigos. Ha devastado familias, seres queridos, personal médico, funcionarios, niños, hombres y mujeres religiosos. No tiene ninguna piedad.